Penélope
—De mis hijas, esta es la que menos sirve, cuando no es gripe, son sus huesos de gelatina.
Sin embargo, mis hermanas eran, además de bellas, fuertes como la piedra.
En lo primero que pude me fui de casa a estudiar bien lejos, donde la mirada de burla de mis hermanas, y los reproches de mi madre no me hicieran sentir el ser más insignificante del mundo.
No sé cómo tuve el arrojo para hacer lo que hice, estaba muerta de miedo, pero lo hice, tomé dinero del baúl de mamá; yo sabía desde niña que allí estaba el dinero que había dejado papá para que nosotras estudiáramos, si es que alguna de nosotras salía buena para eso de estudiar; y yo era buena estudiante, pero mamá no iba a invertir ningún céntimo en mí; por eso lo hice, de noche, cuando todos dormían, como una gata ladrona.
Desde que el tren me dejó en París sentí que yo era otra, como si jamás hubiese sido una muchacha enfermiza y acomplejada de provincia.
La universidad se hizo mi casa, mis amigos eran mis compañeros de estudio, mis novios fueron todos de la universidad, hubiese sido la mujer más feliz del mundo si me hubiese quedado para siempre como estudiante de Letras.
Al graduarme me ofrecieron varios cargos y, por cosa del destino, uno de ellos era como directora de la biblioteca de mi pueblo; no sé, y quizás nunca lo sepa, por qué decidí regresar allá; cuando me di cuenta, ya había firmado el contrato para el retorno al sitio donde me había jurado no regresar jamás.
Es posible que en el fondo de mí, algo me empujaba a restregarles en la cara a mis hermanas mi éxito, para que vieran que ahora las feas eran ellas, que había dejado de ser enfermiza, y que mi madre viera que la supuesta inútil ahora era la Directora de la biblioteca.
Pero, aunque en el pueblo todos me recibieron con alegría y felicitaciones, en la casa fue como si me hubiese ido por un fin de semana; al punto que nadie me reprochó lo del robo del dinero.
Todas mis hermanas estaban feas y enfermas; y mamá había perdido casi por completo la memoria.
Mi vida se fue, de algún modo, también apagando, las amigas de la universidad me escriban diciéndome que regresara a París; algunos pretendientes también me decían que mi sitio era allá; pero me fui dejando envolver poco a poco por el pueblo, como si una fuerza superior a mí me atara a la casa de mis martirios.
A pesar de estar enfermas y maltrechas, mis hermanas consiguieron marido; mi mamá murió perdida dentro de su memoria; y yo me quedé sola en la casa; jubilada, sentada en el jardín, en mi silla de extensión, leyendo las cartas de mis amigas de París, acariciando mi gato, que era mi único compañero, sintiendo cómo pasan las horas, como una Penélope que no esperaba nadie.

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