El jardín cómplice.

Sentada bajo sombra de una parra de uva algo corroída, Sor Mariana se aislaba de vez en cuando de la rigidez del convento. El jardín era su único confidente, una maraña de violetas y jazmines que retaban el silencio dentro de los claustros, con su aroma persistente. En su falda reposaba un viejo libro de tapa con cuero gastado, cuyas páginas no contenían salmos, sino trozos de una vida anterior que de vez en cuando añoraba.
Cuando lo abrió hasta el viento de la tarde sintió que debía contener el aliento. Entre las hojas del documento amarillento, Mariana archivaba un tesoro de fragilidad absoluta: pétalos de rosa marchitos, comprimidos con cuidado. Cada pétalo para ella era un anotador de tiempo; uno por cada carta recibida antes de tomar los votos, uno por cada suplica realizada por su ex para que no siguiese allí, que el invierno de la oración y las alabanzas cantadas no lograron enfriar. Incluso le había observado desde lejos pasar varias horas a la puerta del monasterio…Pero regresar de esa decisión era imposible, perdonar a otro ser humano y renunciar al amor pleno de Dios…inconcebible.
Acarició cuidadosa la textura quebradiza de la flor carmesí. Sin aroma, solo la resonancia visual de un sentimiento. Para los demás, Mariana leía las Sagradas Escrituras; para su corazón, aquel texto era un herbolario de añoranzas. Una lágrima clandestina se perdía en su negro habito, en ese momento un pétalo fresco de los rosales vivos por allí cercanos cayó sobre la página, ensamblando su pasado ardiente con su presente oscuro de ceniza y aparente paz…donde solo era feliz en aquel cómplice jardín.
Invito a: @oneray.

Me encantó leerte. Un abrazo.
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