El sufrimiento es la única moneda para comprar una vida

in #spanish8 years ago

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¿Qué es la vida? ¿Es acaso una mujer? La pregunta, muy a pesar de cualquiera, no es una superchería detestable. Zarandeados de un lado a otro, como si nosotros, sentados a horcajadas sobre la rama de un árbol experimentásemos los vientos tronando sobre la carne, se conjugara un claustro; la imposibilidad de salir del fango del enamoramiento por claudicación: sólo así es posible amar la vida; admitiendo su sistema. Un sistema que, literalmente, significa «pena», multa, expiación… Un sistema que, literalmente, es como cualquier mujer; una caída honda. Pero amamos esa caída que hace de los huesos puro añico y objeto de remembranza, es decir, de nostalgia, anhelo, fatalidad… La vida ha conseguido con éxito la instauración de su sistema cada vez que alguien estalla en júbilo porque algo «vale la pena», es decir, que algo vale la multa, la expiación, la condena, solamente de nosotros, de nadie más. ¿Es acaso la vida una mujer? Ésta última, triunfa sobre el falo cada vez que lo reduce a un escalofrío, a una fricción sustantiva, a una lasitud; más exactamente, a una mengua de su inanidad, lo que quiere decir que el falo no sirve para nada salvo cuando se inicia la copulación; pero es una inanidad inmanente, medular, sin paroxismo celular, de nacimiento. No obstante, la mujer triunfa con sus hechizos, haciéndole creer que es más que una verticalidad sin peso; después del triunfo, retorna la inanidad y con ello, empieza la recordación sensitiva. Y así, comienzan todas las enfermedades: creyendo que algo vale la pena, en vez de pensar que nada es una pena, que todo es inane de antemano y sin juicio particular. Y así, comienza la caída del hombre; asumiendo en toda caída un valor particular, sin posibilidad de depreciación, creyéndose, en todo momento, un privilegiado —un penado privilegiado—. Tanto el hombre como su falo, frente a la vida y frente a la mujer, promulgan el intento de alcanzar un sentido, sin percatarse que en las paredes vaginales y en la pena que se vive voluntariamente, está la estratagema de la naturaleza y de la vida, respectivamente; para perpetuarse.

La «pena» es todo el terreno, toda la profundidad que adjudicamos al sentido en el que se busca invertir el sufrimiento. El sufrimiento es la única divisa para vivir, pues sin ella, se adopta la pose de quien no vive, de quien no tiene sentido, de quien no tiene urgencia; toda la simiente se expandió gracias al sufrimiento. Una atmósfera parenquimada con el sufrimiento, la condena, la expiación; en ese contexto, todo hematoma es gloria y devenir inequívoco de vida. El hombre hace a la vida a través del sufrimiento; en respuesta, el sufrimiento lo desfigura a él. Una epopeya demente. Y tanto más se sufre, más crece la esperanza de seguir sufriendo. Quizá, la búsqueda de la felicidad y del sentido no es más que una condena que se paga con una vida vivida. Nosotros, el recluso pizpireta.

Lamentablemente, el sufrimiento no pasa de moda. Y, paradójicamente, quien vive sufriendo, haciendo gala de todas sus heridas, es profundamente feliz y quien rechaza sufrir, quien rechaza el sistema, es un lisiado de por vida porque no quiere ninguna condena. Es decir, que no quiere ninguna vida. Y con estos últimos, la condena pierde robustez, aunque sean estos quienes parecen sufrirla más hondamente.

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El grande eres tú @sancho.panza un abrazo hasta allá

Tu escritura es casi perfecta y la forma de expresarte es muy buena.
Saludos y sigue escribiendo.

Gracias por leer. Aprecio tus palabras. Saludos.