Zona 42 -El Comienzo de la Batalla

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Hola a todos mis queridos lectores, esta vez quisiera presentar motivado por los comentarios y sugerencias de todos ustedes que me han apoyado en las “historias de quirófano” un nuevo tipo de historia; que aunque no es basada en la vida real, sigue la misma redacción que tanto les gusta. Espero sus comentarios y que sea de provecho e interesante a todos ustedes. Disfruten del primer capítulo.
26 de noviembre de 2005, 42 ºC en la zona desértica del oeste, los vientos alisios refrescan las sudadas frentes del grupo táctico Nº 57. Dos pelotones se dirigen al frente con la artillería liviana y justo detrás nos encontramos en un jeep de rescate identificado con el símbolo de la cruz roja, estamos al mando del Capitán Castillo un enfermero (el sargento Pinto), mi compañero (el Teniente Toledo) y mi persona (Teniente Maizo).
Llevamos 4 horas sin parar en el inclemente sol de aquella vía de asfalto primitivo y los 2 vehículos de transporte y nuestro jeep paran repentinamente para un chequeo de hidratación del personal. Diecinueve de los veinte soldados se encuentran estables, pero uno manifiesta síntomas de un golpe de calor: su tensión arterial es baja y un fuerte dolor de cabeza lo consume desde adentro acompañada de una frecuencia cardiaca elevada. El sargento Pinto baja inmediatamente el kit de enfermería y mientras prepara la solución Toledo le indica la colocación de un suero por vía endovenosa ya que no podía tolerar nada tomado por la boca.
Terminaba de escribir justamente las primeras palabras de este momento en una libreta negra (confidente e inseparable testigo de esta misión), cuando Castillo, quien acababa de inspeccionar al resto de los tripulantes me grita: “¡Maizo! ¡Muévete y saca una ampolla de Adrenalina! El Capitán Castillo era uno de los mejores médicos de las fuerzas especiales, había sido condecorado por innumerables misiones en todas partes del mundo, incluso por salvar a un grupo de fuerzas de élite mientras combatían en las estepas siberianas de una misión fallida. Tenía especialidad en cuidados críticos y evacuación aeroespacial de emergencia.
En seguida que bamboleé mi casco y lo tomé del grito sorpresivo, salté de la unidad corriendo al maletín. Al parecer uno de los soldados sorpresivamente mientras ingería una ración de alimento enlatado presentó una reacción alérgica y toda su piel se puso roja, por lo que al percatarse Castillo tomó la ampolla que le traje rápidamente y la administró en el abdomen del muchacho quien casi de inmediato se mejoró.
Bajé de la unidad de transporte un poco desconcertado aún por aquella carrera y mientras secaba mi frente con un pañuelo pude escuchar entre la árida brisa las risas de Pinto y Toledo para luego decirme este último:
-¿Terminaste la siesta Maizo?
-¡Cállate de una vez Toledo! Le respondí de inmediato.
Toledo se graduó conmigo en la escuela especializada de médicos de combate y ambos hicimos la especialidad de Traumatología con pasantías en innumerables hospitales públicos y militares del país. Teníamos la suficiente experiencia como amistad de por medio y por supuesto la suficiente confianza para hacernos las bromas más pesadas. Recuerdo que una vez orinó en mi envase de agua metálico, y al probarlo y darme cuenta que fue él, se lo arrojé tan fuerte a la cabeza que tuve que suturarle unos puntos mientras ambos peleábamos con las palabras. Por otro lado al sargento Pinto lo recién conocí la mañana en que nos asignaron aquella misión y su personalidad parecía más introvertida y su aspecto pícnico reflejaba sus hábitos alimenticios descontrolados.
Estuvimos menos de 5 minutos hablando y preparando todo para reanudar el viaje, quedaban aproximadamente 10 km hasta el fuerte donde nos esperaban. Nuestra misión: escoltar y preservar la salud del componente humano, reabastecer medicamentos, material quirúrgico y trasladarse a los refugios médicos aliados de los campos de guerra cuerpo a cuerpo (área mejor conocida como Zona 42). Pero justo antes de prender los motores, hubo una pausa de silencio de dos segundos que ahogó incluso la voz de Pinto mientras informaba el recuento de material médico usado:
Un disparo al aire reventó aquella pausa y entre tanto que cada uno alzaba la mirada, la cara despavorida de Pinto se fue dibujando poco a poco mientras Toledo tocaba la entrada de su estómago empapada de rojo y parado frente a mi expulsó sangre de su boca como un misil en mi uniforme para caer desplomado sin chance alguno mientras mi paralizado cuerpo veía aproximarse un grupo de mercenarios armados en camionetas rústicas a gran velocidad y Pinto me jalonea de inmediato el hombro.



Buenas tardes @drmaizo
Se pone la cosa fea en el frente...
Así es mi amigo @don.quijote, espero también te guste el próximo capitulo. Muchas gracias por tu aporte. Saludos.
hola ! me encantan sus historias muy buen trabajo DC. un honor seguirle y gracias por su visita en mi post! DIOS ME LO BENDIGA
Gracias @paty2017. Un fuerte abrazo, me alegra saber eso
Pobre Toledo :(, este no tenía que ser su fin.
Y si no estaba muerto? :O y lo toman como preso de guerra, y el herido :O .
@drmaizo, abandono a su amigo :O
Un poco inesperado, pero así es jajaja. Gracias por leer @marpa
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