El Viejo Almacén que Todavía Respira
A veces, en medio de un camino polvoriento donde no pasa casi nadie, aparece un pedacito de historia esperándonos como si supiera que íbamos a llegar. Eso me pasó el día que me topé con El Viejo Almacén. Venía manejando, sin apuro, dejando que la camioneta avanzara al ritmo tranquilo del campo, cuando de repente la esquina de ladrillos viejos asomó como un recuerdo de otro tiempo.
A primera vista, parecía abandonado. La puerta de madera, cansada de tantos inviernos; el cartel pálido que aún se aferraba a su nombre; las ventanas cerradas como ojos que ya no quieren asomarse al presente. Pero al acercarme, sentí que el lugar no estaba muerto. Solo dormía.
Me quedé un rato quieto, escuchando el silencio del campo. Y en ese silencio empezaron a aparecer voces que yo nunca había escuchado, pero que de alguna manera conocía. Imaginé a los vecinos entrando a comprar harina, fideos, kerosene. A los chicos pidiendo caramelos sueltos, contando las monedas una por una sobre el mostrador. A los hombres del pueblo tomando un vermouth un sábado al mediodía, comentando la cosecha, la lluvia o el partido del domingo.
Hasta pude ver, casi como un espejismo, al dueño sacando la silla afuera en las tardes de verano, saludando a todos por su nombre. Porque en lugares así nadie es un desconocido.
Rodeé el edificio y cada ángulo parecía contar algo distinto. En una esquina, la pintura gastada hablaba de muchos años soportando el viento. En otra, un árbol que creció demasiado cerca parecía abrazarlo, como si intentara protegerlo del olvido. Y los caminos de tierra que lo rodeaban —uno hacia la derecha, otro hacia la izquierda— me hicieron pensar en cuántas vidas habían pasado por ese cruce, cuántas historias nacieron o terminaron ahí mismo.
Me quedé mirando largo rato. No sé si por curiosidad o por nostalgia de cosas que nunca viví, pero que igual siento mías. Porque así es el campo: incluso lo que no conociste te resulta familiar.
Antes de irme, apoyé la mano en la pared tibia por el sol. Y por un instante me pareció escuchar el tintinear de botellas, el ruido de una caja registradora antigua, una risa apagada detrás del mostrador. Tal vez solo fue mi imaginación. O tal vez las historias nunca se van del todo; solo esperan a que alguien las vuelva a escuchar.
Subí de nuevo a la camioneta, miré por el espejo y ahí quedó El Viejo Almacén, firme, silencioso, resistiendo. Como un guardián del tiempo. Como esas cosas que uno cree perdidas, pero que siguen ahí, esperando que volvamos a encontrarlas.
Historia y fotografías de mi propiedad.


!category 3
Gracias por compartir tu contenido con nosotros, éxitos
No olvides votar a @cotina como tu testigo o establecernos como proxy de voto!
Post agregado a la lista. Sera votado en los próximos minutos.