La tienda de regalos de mi papá
Desde chica, hay un lugar que siempre me hizo sentir especial: la tienda de regalos de mi papá. No era un local enorme ni moderno, pero tenía algo que ningún otro negocio tenía: alma. Apenas uno entraba, lo envolvía ese aroma a plástico nuevo mezclado con recuerdos, y una pared llena de colores parecía darte la bienvenida.
En el frente estaban los llaveros, colgados como si fueran pequeñas historias esperando ser elegidas. Había de todo: camisetas de la Selección, caricaturas de Mafalda, escudos de clubes, la Ruta 40, el Obelisco… Cada uno parecía contar un pedacito del país. Mi papá siempre decía que un llavero no era solo un adorno: era un compañero silencioso que iba con vos a todos lados.
A la derecha, otra pared estaba repleta de imanes. Buenos Aires, Argentina, Lionel Messi levantando los brazos… Era imposible no quedarse mirando. Los turistas pasaban horas eligiendo el imán que mejor representara su viaje. Mi papá, con su paciencia infinita, les contaba alguna anécdota del lugar que aparecía en la imagen, como si él mismo hubiera caminado cada rincón del país.
Más adelante, la mesa central parecía un festival de colores. Llaveros con iniciales, otros con frases, algunos metálicos y otros de goma. También estaban las pequeñas placas con matrículas y banderitas celestes y blancas. A veces me divertía observando cómo la gente podía tardar veinte minutos para elegir uno solo. Yo sonreía por dentro: sabía que ahí estaba la magia del negocio.
En el fondo, colgados prolijamente, estaban los llaveros de los clubes de fútbol. De River, Boca, Racing, Independiente, San Lorenzo… cada hincha encontraba el suyo como si fuera un tesoro. Mi papá decía que esa sección era la más peligrosa: ahí nacían debates eternos y cargadas amistosas. Pero también era la que más sonrisas sacaba.
Lo mejor de todo era verlo a él, detrás del mostrador, acomodando todo con una dedicación que solo se tiene por lo que se ama. Su tienda no era solo un comercio: era su orgullo. Y yo crecí entre esos colores, esas risas de turistas, esos llaveros que brillaban bajo la luz.
Hoy, cada vez que paso por la tienda y escucho el tintineo metálico de los llaveros chocándose entre sí, siento que estoy volviendo a mi infancia. A ese pequeño refugio donde aprendí que las cosas más simples —un imán, un llavero, una historia— pueden convertirse en recuerdos eternos.
Porque la tienda de regalos de mi papá nunca fue solo un negocio. Fue, y sigue siendo, un hogar lleno de momentos que se guardan para siempre.




Hello @agustinaka, thank you for your contribution to our account.
Hola,
Muchas gracias por publicar en nuestra comunidad. Espero estés teniendo un bendecido día.
Te sigo animando a seguir publicando contenido de calidad como este todos los dias en cotina.
Que bonito se ven los llaveros y los imanes. Que bueno tener un lugar que te conecte con buenos recuerdos. Saludos!