El dia que mi abuelo me enseño el valor de una raiz.
De niño, pasaba los veranos en la pequeña finca de mis abuelos, lejos del bullicio de la ciudad. Para mí, la vida allí era lenta, casi tediosa, hasta que un día, mi abuelo decidió que era hora de que aprendiera "el arte de cuidar un jardín". Mi abuelo era un hombre de manos fuertes y palabras escasas, pero cada una de ellas tenía el peso de la tierra que cultivaba.
Un día, me dio una pala y me señaló una maleza particularmente grande, de raíces profundas y obstinadas. "Hijo," me dijo con su voz rasposa, "si quieres que algo bueno crezca, primero tienes que arrancar lo malo de raíz. No basta con cortar la hoja; la raíz siempre vuelve."
Fue una tarde calurosa y agotadora. La tierra estaba dura, y cada intento de sacar la maleza completa parecía inútil. Recuerdo el sudor en mi frente y la frustración creciendo en mí. Mi abuelo me observaba en silencio, fumando su pipa, sin ofrecer ayuda, solo paciencia.
Finalmente, tras mucho esfuerzo, logré desenterrar la maleza por completo. La raíz era enorme, como un tentáculo retorcido. Me sentí exhausto, pero victorioso. Mi abuelo se acercó, sonrió, y con la punta de su bota señaló el agujero vacío. "Ahora," dijo, "hay espacio para algo nuevo y bueno. Y recuerda: las cosas importantes en la vida también tienen raíces profundas. A veces, para cambiar algo, hay que ir hasta el fondo."
Esa lección se me quedó grabada. Con los años, la he aplicado a muchas cosas: desde terminar una relación tóxica, cambiar un mal hábito, o incluso al emprender un proyecto difícil. Siempre pienso en esa maleza y en la sabiduría silenciosa de mi abuelo. No es solo sobre jardinería; es sobre la vida, sobre la perseverancia y sobre la valentía de enfrentar las cosas desde su origen, no solo en la superficie.
Hoy, cuando veo un jardín bien cuidado, o cuando enfrento un desafío, no puedo evitar recordar esa tarde en la finca, y la simple pero profunda verdad que me reveló mi abuelo. Aquí te dejo una imagen que evoca esos momentos: