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...el torrente de imágenes digitales me ha dejado particularmente perturbado. No es la belleza o la innovación lo que me inquieta, sino la inquietante sátira social y política que se esconde tras cada píxel. Las redes sociales, otrora plazas públicas de la opinión, se han convertido en galerías de arte subversivo, donde las críticas a la tecnología y al poder se manifiestan en montajes fotográficos y obras digitales surrealistas.

Las ediciones fotográficas son especialmente mordaces. Veo rostros de CEOs tecnológicos, distorsionados y caricaturizados, convertidos en grotescas representaciones de la avaricia y el control. Sus ojos, antes símbolos de innovación, ahora reflejan un vacío inhumano, una desconexión total con la realidad que sus creaciones están ayudando a construir. Sus manos, antes artífices del progreso, se muestran ahora agarrando fajos de billetes, cadenas de datos y algoritmos opresores.

El arte digital, por su parte, se atreve a explorar los rincones más oscuros de la tecnodependencia. Veo paisajes urbanos distópicos, dominados por torres de servidores y pantallas publicitarias omnipresentes. La humanidad, reducida a meros engranajes en la maquinaria digital, se desplaza sin rumbo, con la mirada fija en sus dispositivos, ajena a la desolación que les rodea. La inteligencia artificial, antes promesa de un futuro mejor, se presenta como un monstruo frío y calculador, capaz de replicar la creatividad humana pero carente de empatía y moralidad.

El surrealismo, como lenguaje artístico, potencia la crítica. Las imágenes oníricas y las asociaciones inesperadas despiertan la conciencia del espectador, invitándolo a cuestionar la realidad que le rodea. Los artistas utilizan la exageración, la ironía y el absurdo para exponer las contradicciones y los peligros de la sociedad tecnológica.