El Arte de la Geometría Furtiva
Le digo que hay un modo exacto de medir el encuentro de nuestros rincones. No con el metro rígido de los carpinteros, no con el cálculo frío de los arquitectos, sino con la brújula temblorosa de los amantes.
—Mira —le digo—, la distancia entre tu muñeca izquierda y mi mano derecha, cuando rozamos los dedos al pasar, es exactamente un suspiro. El ángulo que forman nuestras miradas al cruzarse en la sala, mide treinta y siete grados de complicidad.
El espacio que queda entre tu espalda y mi pecho, cuando fingimos buscar el mismo libro en el estante alto, equivale a un verso de Neruda. Y el tiempo que tardas en apartar los ojos, después de sostenerlos un segundo más de lo debido, es la medida justa de todo lo que no nos pertenece y, sin embargo, nos roba.
Así, con estas unidades secretas, trazamos el plano de lo imposible: una casa sin ventanas, un jardín sin senderos, un reloj sin manecillas.
—¿Lo ves? —le digo—. No estamos perdidos. Solo hemos inventado nuestra propia forma de estar equivocados.
Fotografia propia. Tomada con mi Redmi9
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