El Casi
Se conocieron en un abril sin promesas, cuando la luz era apenas suficiente para iluminar sus silencios. Él llevaba un libro de poemas ajados; ella, una sonrisa que no pertenecía a nadie. Hablaron de la lluvia, de la música que ya no se escucha, de esos instantes que se pierden entre los dedos como arena fina. Fue fácil, demasiado fácil, encontrar en el otro el reflejo de una pregunta que nunca se atrevieron a formular.
Pero la vida es una coreografía de pasos que no se tocan. Él tomaba el tren a las ocho; ella, a las ocho y cinco. Él soñaba con mares lejanos; ella, con raíces profundas. A veces, en el mismo café, ocupaban mesas distintas, separadas por un abismo de tal vez. Sus miradas se cruzaban, breves como suspiros, y en ese segundo sabían: había algo que no era amor, pero tampoco olvido. Algo que ardía sin llama, como un sol de invierno.
Así pasaron los años, acumulando coincidencias que no llegaban a destino. Ella se casó con un hombre que leía los mismos versos, pero en voz alta. Él amó a una mujer que también coleccionaba ausencias. Y cuando sus caminos volvieron a rozarse—en una calle cualquiera, bajo un cielo indiferente—, solo hubo un leve asentimiento, un "qué casualidad" que sabía a mentira. Porque no era casualidad. Era el eco de un encuentro que nunca sucedió, de un beso que vivió solo en los repliegues de la imaginación.
Se alejaron sin prisa, cada uno cargando su propia versión de aquel abril. Y la vida, indolente, siguió llenándose de gente que casi se ama.
Imagen propia, Transporte colectivo una noche cualquiera en Lima. Perú. Tomada con mi cámara Polaroid
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