Casas Muertas

in Steem Venezuela21 days ago (edited)

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De regreso en mi ciudad natal. En mi casa materna. Tras seis años de ausencia. La pandemia que se llevó a varios familiares y amigos. La férrea cuarentena que se impuso en el Estado Yaracuy, las voces de mis hermanos diciéndome que era mejor no venir, pues casi no te dejaban salir de casa. Me retuvieron en los Andes venezolanos.

Luego, enamorarme de La Puerta, Estado Trujillo. De su clima, de las montañas, de la cercanía a los picos nevados, de caminar casi tocando las nubes. Pero principalmente de su gente, con su trato afable, cordial y respetuoso, me llevaron a retrasar el regreso de un hijo pródigo a su hogar.

Tengo casi tres semanas de haber regresado, y la época nos invita a la limpieza por temporada navideña. A abrir espacios para las cosas nuevas que vendrán, y a dejar ir aquello que haya que dejar ir. A sacar el polvo, que, como nieve, el tiempo fue depositando sobre las cosas para decirnos que estas han muerto un poco.

Navidad. Los rituales de la renovación nos llaman. A veces, para renovar (dar vida de nuevo), implica “des-enterrar”, lo que ha estado muerto. Y allí, entre viejos papeles, entre libros amarillos por el tiempo y un olor a guardado que sabía a rancio, estaba un título que no podía ser más premonitorio: Casas Muertas.

Cuarenta y cinco años después, me reencuentro con él. La cifra me pegó con la suavidad de una ola; me reí en un inicio, pero, sin embargo, me movió el piso. Tercer año de secundaria. Castellano. Una lectura obligatoria, que me place mucho haber leído, hoy, 45 años después de un primer encuentro.

Las sorpresas continuaron; al abrir la primera página, el corazón me dio un vuelco extraño, un salto hacia atrás en el flujo de la sangre. Allí estaba mi firma. Pero no fue mi mano quien la estampó, de eso estoy seguro; la caligrafía lo delataba, y yo odio rayar los libros.

Los ojos se me empañaron un poco por las lágrimas: ahí estaba mi nombre, trazado primero con lápiz de grafito, con un error ortográfico que me hizo sonreír con ternura, y luego fue repasado por un inseguro bolígrafo negro que pretendía darle la legalidad que el trazo original no poseía. ¿Quién fue? ¿Fue mamá, para que yo no perdiera el libro? ¿Fue mi hermano? Porque su firma también aparecía más abajo.

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Arriba de la página, una firma apócrifa que me reclama como dueño. Y más abajo, la firma adolescente de mi hermano menor. Supe entonces, que él también recorrió esas páginas, él también visitó Santa Rosa de Ortiz, ese pueblo perdido en medio del llano guariqueño, un pueblo de casas que se caen, de casas que se mueren, como sus ya escasos habitantes, de fiebres y de olvidos. Mi hermano también siguió mi rastro en esa hermosa novela.

Casas Muertas, resuena ahora en mis manos con un eco distinto; en medio está Steemit y mis aspiraciones a escribir. Los rituales navideños me instan a limpiar esta casa para que reviva, para que brille bajo las luces de diciembre; mientras tanto, sostengo la crónica de un pueblo que se muere.

Regresa a mi memoria el recuerdo de un capítulo que me impresionó a los 14 años; fue esa manera de mencionar y describir a la ineludible muerte, con una carga de imágenes visuales al mismo tiempo, casi poesía.

... un líquido rosado, color de la pulpa del cundeamor, color de la carne del novillo. Sebastián se quedó mirando fijamente la orina rosa y exclamó con atónito, atormentado acento:

— ¡Hematuria!

Luego el rosado de las aguas se fue volviendo cereza, el cereza encarnado, el encarnado lacre, el lacre escarlata, la escarlata carmesí, el carmesí bermellón, el bermellón ladrillo, el ladrillo granate, el granate púrpura. (pag 122)

Pero Sebastián repetía con despiadada convicción:
—Si se aclara la orina me levanto. Pero si se tranca la orina, te quedas sin novio. (pág. 123)

El púrpura de la orina se fue tornando en vino, el vino en castaño, el castaño en pardo, el pardo en marrón, el marrón en café tinto, el café tinto en málaga, el málaga en negro. (pag. 125)

Al cuarto día se negó la orina. (pag. 126)

Casas Muertas. capitulo XI.

Imágenes que se me quedaron pegadas como el barro de los llanos en época de lluvias. ¿Por qué vuelven ahora? La novela me mira con sus páginas casi sueltas. Decidí releerla con nuevos ojos, con una nueva mente; esta vez no solo será ir a Santa Rosa de Ortiz, y reencontrarme con sus personajes; será conectar con la nostalgia de un pasado que no ha muerto y que quiere “re-novarse”, “re-nacer”.

Gracias Miguel Otero Silva, por tu obra.

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FUENTES

  • Imágenes
    • [1] Imágenes de mi autoría

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Hola, amigo. MHS profetizó lo que le vendría a Venezuela. Hoy en día muchas de las calamidades del país son similares a las descritas en la obra. Saludos.