La inexperiencia ante la muerte -cuento-/ por @cruzamilcar63
La inexperiencia ante la muerte
Cuando regresaron a la casa, la vieron tendida en medio de la sala y se asustaron. La tía Josefina parecía que había dejado este mundo y todo era por culpa de ellos que no supieron comportarse. Tenía los ojos cerrados, los brazos extendidos hacia los lados y las piernas demasiado rígidas, nada de eso podía formar parte de una mujer que hacía apenas media hora era una tromba imparable. ¿Estará muerta? le preguntó Susana a su hermano, quien no había pronunciado ni una palabra porque la repentina impresión le había apagado la voz. No sé, pudo al fin balbucear Roberto, mientras un par de lágrimas bajaban por sus mejillas.
Durante toda la tarde del día anterior su madre les había advertido que la tía Josefina venía a pasar una temporada con ellos y que debían poner mucho de su parte para que no hubiese ningún problema, mientras estuviese allí. Les recordó, una vez más, que su hermana era una mujer de carácter fuerte, tanto así que a veces ni ella misma parecía soportarse, y que las personas que se encontraban a su alrededor debían siempre acatar los lineamientos que ella les dictara porque, de lo contrario, los echaba inmediatamente de su lado.
En la noche la fueron a buscar al aeropuerto. La tía Josefina, en persona, se veía más alta que en las viejas fotografías que su madre guardaba como un tesoro. En cuanto los vio comenzó con un derroche de simpatía que nada tenía que ver con las advertencias que habían escuchado esa misma tarde. Corina, estás bellísima y tienes unos hijos preciosos, le comentó sonriente a su hermana y se acercó a ellos para llenarlos de besos que iban acompañados con el anuncio de los regalos que les había traído. Durante todo el trayecto a casa desde el terminal aéreo, no paró de bromear y hasta les prometió contarles unas graciosas anécdotas de cuando su madre y ella eran unas niñas.
A la hora en que se fueron a dormir, Corina les recordó con insistencia que debían comportarse bien. Tengan muy en cuenta, por favor, lo que les dije en la tarde, no vayan a estar peleándose ni gritando por cualquier cosa; Susana, tú que eres más grande, trata de hablar con tu hermano de la forma más normal posible; mañana yo debo salir a trabajar y se quedarán aquí solos con su tía; traten de no hacerla molestar porque entonces va a ser peor para todos, ella vino a ayudarme con ustedes y a olvidarse de todos los problemas que ha tenido en estos tiempos.
En la mañana cuando se levantaron, ya la tía Josefina había barrido el patio, el piso estaba tan reluciente que no parecía el mismo de siempre y la casa entera tenía un aspecto diferente porque casi todo había cambiado de lugar. Al igual que la noche anterior, los recibió con exacerbadas muestras de cariño, les sirvió el desayuno y se fue a la cocina. No habían transcurrido ni cinco minutos cuando Susana le dijo a Roberto que le pasara la mantequilla y este se la lanzó sin ninguna precaución. La niña comenzó diciéndole a su hermano, en voz baja, que por qué era tan bestia para arrojarle así lo que ella le estaba pidiendo, que así no se trataba la comida ni mucho menos a una hermana; Roberto le respondió entonces que debía estar atenta y que él no era ningún sirviente suyo para estar atendiéndola… y así continuaron hasta que las voces se elevaron y apareció la tía.
Ya no era la misma, su expresión se había endurecido con una terrible mueca de odio y su voz tenía un acento lapidario cuando comenzó a gritar desaforada para mandarlos a callar. Ellos no pudieron soportar aquel temblor incontrolable de la mandíbula inferior y la sarta de improperios que les endilgaba con una vehemencia inaudita. Salieron huyendo hacia la calle, más que temerosos, confundidos por aquel súbito cambio de ánimo. Una hora después, dispuestos a pedir perdón, regresaron a casa para encontrarla tendida y exánime en medio de la sala.
Yo creo que sí está muerta, Susana, dijo Roberto sollozando y se quedó tan alelado que no pudo dar un paso más. Sí, hermanito, le respondió ella y se abrazaron sin saber qué hacer, fundidos en un compungido y sonoro llanto que inundó por completo la casa. De pronto la tía Josefina se levantó y volvió a gritar: Carajo, pero no me dejan ni meditar tranquila… Y ellos salieron de nuevo corriendo despavoridos hacia la calle.
La publicación está configurada con el 15% en beneficio de la cuenta @hive-181136.



El enlace de la segunda fotografía no me lleva a ninguna página, por favor revisar si está bien el enlace, los otros dos sí me abren.
Saludos.
Gracias por los comentarios y valoración de la publicación, amigo.
Con respecto a la segunda imagen, en el teléfono no me llevó de inmediato al sitio porque me pedía permiso para acceder a una página que no era segura, pero en la computadora abre normalmente. De todos modos, aquí le dejo el link: https://ramayoga.org/puedo-acostarme-cuando-medito/
La inocencia de estos niños le jugó una pasada, la histérica tía que medita casi los mata de un susto.
Sí, fue un cambio muy brusco el de esa tía. Saludos, amiga...