El otro ataúd

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El dolor era insoportable, solo dos semanas tenía su hijo de nacido cuando un repentino ahogo le arrebató la vida. Aquello era inexplicable porque el niño estaba muy bien, ninguna dolencia demostró durante su corta vida y su abuela, esa orgullosa abuela que lo atendía con la exacerbada dedicación que proviene de la ternura y con la dilatada experiencia de haber traído al mundo nueve muchachos, nunca le observó nada extraño. Unas pocas horas después del parto, en cuanto pudo moverse, ella también se dispuso a cuidarlo íntegramente, a prodigarle su amor para que nada le faltase; sin embargo, bastaron unos segundos para que se marchara de este mundo.

Por qué tiene que morirse quien apenas ha tenido tiempo de ver la vida, se repetía la madre, mientras lloraba con la desesperación que infringen las penas inexplicables y con la amargura que no deja resquicio en el alma para ningún otro sentimiento. Ese vacío, esa angustia extrema, se elevaron hasta límites inconmensurables cuando vio a Fulgencio, el carpintero del pueblo, cargando la pequeña urna debajo del brazo; la certeza de que nunca más volvería a ver a su pequeño recién nacido, de que esa sublime sensación maternal se había truncado demasiado pronto, la dejó aletargada, sin ánimos siquiera para llorar.

El sufrimiento la sumergió por los túneles imprecisos de una angustia superior a todas sus fuerzas y desde ese momento fue incapaz de procesar lo que sucedía a su alrededor. Los tiernos llamados de su madre pidiéndole que se calmara y sus amorosas manos, intentando reanimarla, los percibió como ecos lejanos que palpitaban sin propósito alguno; y la mirada aturdida de su marido le recalcó que esos eran los ojos de un hombre que casi no conocía. Cuánto tiempo estuvo así, atenazada por el mayor suplicio que una madre puede sufrir, nunca lo supo. Cuando una ráfaga de lucidez la devolvió de nuevo a la realidad y observó que el carpintero volvía a entrar, esta vez con un ataúd más grande, se dio cuenta de que ella también estaba muerta.




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Invito al amigo @mamun123456 a participar en esta edición de Arte y escritura.

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Upvoted! Thank you for supporting witness @jswit.

Gracias por publicar en #VenezolanosSteem
¡Guao! Definitivamente, se puede morir de amor y de dolor; yo lo he visto; y tú acá lo has plasmado de manera brillante. Quizás la madre del niño tuvo tiempo para ver lo que ya el carpintero había percibido: Su propia muerte.

Me encantó leerte. Gracias por estar. Un abrazo.

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Gracias, amiga, por tu reflexiva valoración. La muerte, en verdad, puede provenir de la desesperación ante el dolor... De todo puede haber en esta vida.

Nota: Me di cuenta de que publiqué cuando ya el post del concurso estaba vencido, pero como ya había escrito el relato, lo subí sabiendo que podría quedar fuera de la dinámica.

Tranquilo. Todavía estoy investigando para escoger al pintor de la próxima edición.