Diary Game. Visita a una casa hecha de tiempo y memoria
Visita a una casa hecha de tiempo y memoria
Hay personas que convierten una casa en algo mucho más profundo que un lugar para vivir.
En Cumaná, en el casco historico de la ciudad, especificamente en la calle Las Flores hay un lugar que pasa desapercibido y que es arte puro.
El pasado viernes tuve el privilegio de compartir una tarde muy agradable con los artistas Antolina Martell y Jorge Peña, acompañada de unas amigas fabulosas. Fue uno de esos encuentros que transcurren entre conversaciones, recuerdos y descubrimientos, donde el tiempo parece avanzar más despacio.
Refrescamos la tarde con un delicioso té de Jamaica y degustamos galletas entre risas e historias.
Confieso la fascinación que siento al observar cómo han ido creando un hogar lleno de historias, tanto propias como heredadas, y la generosidad con la que las comparten con románticos y amantes del arte como yo.

Al recorrer sus espacios entendí que no estaba visitando simplemente una casa. Estaba entrando en una obra construida durante años con esfuerzo, creatividad y perseverancia.
Es también un refugio para la memoria. Allí conviven objetos que pertenecieron a otras personas, piezas que quizás habrían desaparecido con el paso del tiempo, pero que encontraron una segunda oportunidad gracias a la sensibilidad de quienes supieron reconocer su valor.

Nos contaron cómo han levantado cada espacio con sus propias manos. Cada pared, cada rincón y cada detalle refleja decisiones tomadas con paciencia y dedicación. Nada parece haber llegado allí por casualidad.
Lo más hermoso fue escuchar las historias que acompañan a los objetos que conservan. Algunos llegaron hace décadas y permanecen allí no por costumbre, sino porque forman parte de la historia que ambos han construido juntos.

El arte está presente a través de sus obras. Antolina pinta estampas dando vida a personajes de la ciudad.

Jorge, con sus manos maravillosas, restaura el pasado manteniendo las raíces originarias. También crea esculturas de metal, piedra y madera.
Estas últimas, con formas sinuosas y suaves que me parecen exquisitas.

Escultura de Ana Dulce, alumna de Jorge Peña
Así, juntos van dando vida y forma a la casa, creando un espacio artístico que abraza sus obras.

Mientras los escuchaba hablar, percibí algo que a menudo pasa desapercibido en estos tiempos donde todo parece efímero. El valor de la permanencia. La belleza de cuidar, conservar y dar significado a las cosas y a los afectos.
Su casa es el reflejo de quienes son. Un espacio donde el arte no está únicamente en las obras que crean, sino también en la manera en que han elegido vivir. Allí cada rincón cuenta una historia y cada recuerdo encuentra su lugar.

Otra sensación que pude percibir fue la energía que emana del conjunto que han creado. No proviene únicamente de los objetos, las obras o los espacios, sino de ellos mismos.

Se siente la satisfacción de quienes han decidido construir una vida acorde con sus convicciones, haciendo aquello que aman y rodeándose de lo que les inspira. Hay una serenidad especial en ese lugar, una alegría tranquila que nace de saber que cada rincón ha sido pensado, trabajado y vivido con autenticidad.

Quizás por eso la casa transmite tanto. Porque más allá de las paredes y los objetos, refleja el entusiasmo, la creatividad y la libertad de dos personas que han elegido seguir sus propios sueños.

Me llamó especialmente la atención una colección de botellas antiguas de cerveza encontradas cuando comenzaron a habitar la propiedad. Permanecían ocultas bajo capas de tierra y de tiempo, como si hubiesen esperado pacientemente a ser descubiertas para volver a contar una parte de la historia del lugar. Hoy forman parte de un proyecto que busca conectar el presente con siglos pasados y preservar la memoria de quienes estuvieron allí antes.
Comprendí que muchas de las cosas que descansan en aquella casa no son simples objetos. Son fragmentos de vida, pequeñas cápsulas del tiempo que conservan recuerdos, afectos y experiencias.

Presente tambien en la caricatura que me realizó Antolina y que me hizo muy feliz.

Me fui de aquel encuentro con una profunda admiración por ambos y con la sensación de haber visitado un lugar donde los sueños no solo se imaginan, sino que se construyen día a día con trabajo, amor y constancia.

Por eso no me sorprendió escuchar uno de sus mayores anhelos, y es que algún día esta casa pueda abrir sus puertas a visitantes interesados en conocer su historia.

Todo esto tiene sentido, porque más que una casa, es un testimonio de amor por la cultura, la memoria y el patrimonio cotidiano. Un lugar donde cada objeto tiene voz y donde cada habitación guarda algo por descubrir.
Gracias por abrirnos las puertas de su hogar y compartir no solo sus espacios, sino también la historia que los habita.


Salí de allí convencida de que la verdadera riqueza no está en lo que se posee, sino en las historias que somos capaces de conservar y compartir.
Todas las fotografias fueron hechas con su autorización.
Los videos facilitados por ellos tambien han sido autorizados para su reproducción.
Las obras pertenecen a sus autores con todos los derechos.
Dedicado con mucho cariño a @antolinamartell


