Pintura y literatura #141: Conversaciones debajo del sol

Pintura y literatura #141: Conversaciones debajo del sol

Estaba la princesa pálida y decidió tomar un poco de sol. Le pidió a uno de sus más cercanos sirvientes que la acompañara. Sin esperar respuesta, la princesa tomó una silla plegable y se dirigió al jardín. Allí buscó el lugar perfecto para solearse, se sentó cómodamente y cerró los ojos. A su lado y parado, se puso el sirviente con una gran sombrilla.
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Luego de transcurrido un tiempo y en aquella posición, la princesa comenzó a charlar con su sirviente. Primero comenzó contanto historias de guerra en la que su familia había combatido. Luego habló sobre su reino, sus súbditos y su reinado próximo. Así estuvo por muchas horas, hablando y hablando, mientras el sirviente permanecía a su lado callado y tapándola del sol con la sombrilla.o0o
Así pasó toda la mañana y cuando la princesa estimó que era una hora prudente, le pidió a su sirviente volver al castillo. Ya adentro, la princesa se fue directamente al espejo y se miró completamente. Como una niña malcriada, se entristeció por no haberse bronceado nada. Entonces le dijo a su sirviente que al día siguiente tomarían el sol nuevamente. El sirviente, rojo como un camarón por tanto sol, permaneció callado sintiendo que la piel le ardía.
Luego de transcurrido un tiempo y en aquella posición, la princesa comenzó a charlar con su sirviente. Primero comenzó contanto historias de guerra en la que su familia había combatido. Luego habló sobre su reino, sus súbditos y su reinado próximo. Así estuvo por muchas horas, hablando y hablando, mientras el sirviente permanecía a su lado callado y tapándola del sol con la sombrilla.
Así pasó toda la mañana y cuando la princesa estimó que era una hora prudente, le pidió a su sirviente volver al castillo. Ya adentro, la princesa se fue directamente al espejo y se miró completamente. Como una niña malcriada, se entristeció por no haberse bronceado nada. Entonces le dijo a su sirviente que al día siguiente tomarían el sol nuevamente. El sirviente, rojo como un camarón por tanto sol, permaneció callado sintiendo que la piel le ardía.

Esa señorita se merecía dos nalgadas, jajaja.