EL COLECCIONISTA DE SEGUNDOS.
Héctor no coleccionaba sellos, ni monedas, ni botellas de vino caras. Héctor coleccionaba segundos. Tenía una pequeña libreta de cuero gastado donde anotaba momentos que, según él, la mayoría de la gente dejaba pasar por alto.
El sonido exacto de una llave girando en una cerradura cuando alguien llega a casa con alegría”. “ El rastro de vapor que deja un café caliente en un cristal frío antes de desaparecer”.
En el barrio lo llamaban "el loco del reloj", porque a veces se quedaba estático en medio de la acera, cerrando los ojos, simplemente respirando. Lo que nadie sabía era que Héctor sentía que el mundo iba demasiado rápido, como una película reproducida al doble de velocidad, y su libreta era el freno de emergencia.
Un martes gris, mientras esperaba el autobús, vio a una mujer joven llorando en silencio. No era un llanto dramático; era ese tipo de tristeza que se lleva por dentro, como una gotera en el alma. Héctor no se acercó a consolarla con palabras vacías. En su lugar, arrancó una hoja en blanco de su libreta y escribió:
La valentía de una persona que se permite estar triste en un mundo que le exige sonreír”.
Se la entregó y se marchó antes de que ella pudiera decir nada.
Años después, Héctor, ya muy anciano, recibió un paquete en su casa. Dentro había un libro publicado, un éxito de ventas sobre la importancia de detenerse. En la dedicatoria decía: “Para el hombre que me regaló el segundo más importante de mi vida cuando yo sentía que ya no me quedaba tiempo”.
Héctor sonrió, cerró su libreta y, por primera vez en su vida, no anotó nada. El silencio de ese instante era un segundo que solo le pertenecía a él.