LA PELUDA (La imagen un dibujo de Edgar Pacheco artista plástico venezolano)
LA PELUDA

La peluda era una mujer de cabellera abundante y se había recién instalado en estos espacios. Vivía en una casa sin cerca. Realmente la mayoría de las casas que habitábamos no las tenían. A menudo hablábamos de las cosas que escuchábamos o veíamos: — Esa forma de tirar de Armando es más compleja que la virginidad de María—. Lo que acontecía era que Armando y su mujer eran muy gordos y acostados uno frente al otro y abriendo ampliamente sus piernas, podían por fin acoplarse en la iniciación de sus deseos. La mujer de Armando nos decía que esa posición la cansaba mucho y que prefería la delgadez de nuestros cuerpos cuando en ella entraban. La peluda a menudo nos miraba de reojo. Eso sí, evitaba cualquier encuentro con algunos de nosotros. Amaba los palos extranjeros. La calle ochenta le parecía una región de exilio. Sin embargo intentábamos todos los posibles acercamientos. Por eso tomábamos palco en la acera de su casa cerca de anochecer. Hablábamos de cualquier cosa: — Al Gato le asestaron cuarenta puñaladas mientras dormía. Ninguna le causó daños mortales. Él fue considerado como un héroe. El héroe colador algunos le decían.—. Hasta que al fin apareció el prodigio. La peluda se acostó en un sofá blanco como una reina. Estiró sus piernas peludas y largas. Todo parecía preparado con antelación. Dejó medio abierta una puerta amarilla y el sofá en posición apenas visible. La realidad expuesta era la mitad de su vida. Al rato comenzaban los movimientos ondulantes. La mitad de dos cuerpos abrían sus gemidos a la noche y a veces parecía que cinco patas creaban una nueva geometría. Cerca de las nueve comenzaba el autocine con su horario prohibido. “La mujer de mi padre” había sido anuncia en cartelera. El padre mata al hijo al enterarse de que se había acostado con su mujer. La trama era irrelevante pero las escenas calientes y cada esquina con vista al lago se llenaba de espectadores. Al final la peluda se asomó tranquila a la puerta. Se despidió sobriamente de su acompañante, recordó ese instante en que la muerte y la vida se conjugan para dar nacimiento a la sonrisa, a la resurrección de los cuerpos ocultos en acuosas profundidades. Por último se fue a dormir. En cambio en nosotros apenas comenzaba la verdadera peregrinación, el momentos de escondernos en los baños, o buscar el lugar más recóndito de la casa para darle a nuestras manos la posibilidad del alcance divino, el jalón final.