El barco nuevo
Esa tarde, por pura curiosidad, se asomó a la cerca de madera que separaba la calle del acentuado despeñadero que terminaba en la orilla de la playa y se sintió atraída por aquellos botes varados en una soledad que la brisa salada del mar, la maleza y los sonidos susurrantes del agua convertían en un sosegado rincón para su descanso. Esa primera vez, llevaba consigo un libro de poemas y estuvo allí, sumamente cómoda, sentada sobre el desvencijado barquichuelo, hasta que un ensimismado crepúsculo anaranjado le avisó que era la hora de marcharse.
La tranquilidad que encontraba en ese sitio le pareció providencial y cada tarde, después de dejar todo listo en casa, se iba a disfrutar de su tiempo libre con la mente despejada para realizar, lejos de cualquier inoportuna interrupción, cualquier actividad que le gustara y le brindara la paz interior que siempre buscaba. Fue el cuarto día, sin embargo, que observó al hombre con la piel quemada por el sol, alto, de fuerte contextura, con unos pantalones deshilachados en los ruedos, sin camisa y con unas herramientas en las manos, llegar hasta esa misma orilla donde ella se encontraba. Se quedó mirando, contrariado, hacia el bote en que ella estaba sentada, tejiendo una blusa, y se marchó sin decir nada.
Al día siguiente, cuando ella arribó a su rincón marino especial, ya el joven estaba allí. Esta vez llevaba puesta una camisa y un sombrero, pero se había colocado bien lejos, como si quisiera evitar las miradas indiscretas. Ella agudizó la vista y se dio cuenta de que estaba construyendo algo que no podía detallar; había láminas y listones de madera regados, además de otros materiales. Debe ser un barco, pensó enseguida, lo cual comprobó al final de la tarde, cuando el hombre comenzó a ordenar y recoger todo para marcharse, y dejó resguardado debajo de un árbol el inconfundible maderamen de un bote. Antes de desaparecer, volteó a mirar hacia donde ella se encontraba y casi estaba segura de haberlo visto sonreír, pero seguramente, se dijo, era su imaginación.
Durante más de dos semanas lo vio, desde la distancia, empecinado en terminar su trabajo, sin molestar ni ser molestado; sumergido en su quehacer e ignorando, la mayor parte del tiempo, a la mujer que seguía de manera muy atenta la evolución del navío que creaba con sus manos… El día en que estuvo listo, después de pintarlo, ella lo vio saltar animado alrededor de su obra y, de repente, con las manos juntas como si estuviese orando, se quedó viendo con insistencia hacia donde estaba ella, pero se hizo la desentendida y continuó leyendo, ya que nada tenía que ver con esa celebración.
Cuando a la tarde siguiente, ella llegó a la playa, ya el barco ondeaba imponente dentro del agua. Se sentó en su acostumbrado mirador y entonces, de repente, observó al hombre que venía a hablarle.
—Señorita, quiere hacerme el honor de inaugurar, con un paseo, este bote conmigo—. Ella se le quedó mirando, contrariada, y le respondió sin titubeos:
—Caballero, yo vengo a este lugar buscando tranquilidad, para que nadie me moleste con osadas e imprevisibles propuestas… Y él la interrumpió para confesarle:
—Sí, era mucho más fácil para mí, y a eso venía desde el primer día, reparar ese barco donde usted está sentada, pero me pareció una ofensa importunar tanta belleza y decidí construir uno nuevo—. Ella se limitó a callar y le tendió la mano para que el joven la llevara a pasear en ese soberbio bote que, por primera vez, surcaría los mares.
Invito al amigo @sushanta83 a participar en esta edición de Arte y escritura.


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