El pintor enamorado
Todos hablaban, sobre todo cuando ella no los escuchaba, de ese gran pintor, Carl Flanagan, quien vino a estas tierras de visita y se quedó por más de dos años porque se enamoró perdidamente de la tía Herminia. La vio un domingo en la plaza, después de la misa, y desde el primer momento mostró, con mucho respeto, su interés por la mujer con la que había soñado toda su vida, de acuerdo con sus propias palabras. La tía, que ya pasaba de los treinta años y jamás había tenido un novio, accedió a que el caballeroso norteamericano la visitara de martes a sábado en la amplia sala de la casa familiar.
Los parientes que fueron testigos de aquel enamoramiento dicen que solo durante ese tiempo vieron a la tía Herminia tan alegre y dispuesta a visitar otros sitios que excedieran los límites del pueblo. El amor le aligeró el alma y hasta se escuchaba cantar, mientras limpiaba la casa para luego prepararse y sentarse a esperar al hombre que logró romper su adusta coraza. Antes de eso, tuvo que convencerse si eso de ser pintor se podría considerar, en verdad, una profesión como cualquier otra y estudió con detenimiento a Carl Flanagan con el fin de comprobar si este no era un petimetre incapaz de hacer algo que valiese la pena.
La solvencia económica del hombre, sus modales impecables y la disciplina que demostraba en su tarea de pintar cuanto paisaje o escena le pareciese interesante disiparon las dudas de su integridad. El romance se consolidó y todos daban por hecho que, en cualquier momento, anunciarían la consumación del matrimonio. Un día, sin embargo, la tía Herminia no esperó más en la sala a su ferviente enamorado y algunas personas dijeron que, antes de que el pintor desapareciera por completo del lugar, lo vieron llorando y deambulando como un loco por las orillas del mar. Nunca más en la familia se volvió a hablar de eso y la tía se limitó a regresar a su callada y estricta existencia de antes.
Esta mañana, sin embargo, cuando mi hermana Lucrecia, que se convirtió con el tiempo en su sobrina predilecta, la vio llorando, sentada en el mismo sitio donde esperaba a Carl Flanagan, y le preguntó por qué habían terminado, ella le contestó, mostrándole un catálogo que tenía en las manos: Porque me pintó, sin mi consentimiento, comiéndome las uñas y arrellanada como una holgazana en este mueble; y como si fuera poco, mandó ese cuadro al extranjero para que todos me vieran.
Invito al amigo @sushanta83 a participar en esta edición de Arte y escritura.



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Yo me quito el sombrero ante esas mujeres de carácter fuerte, que tienen espíritu de dictadores andinos, jeje.
Me dio cosa con el pobre pintor y hasta con la tía Herminia.
Me encantó leerte. Un abrazo.
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