Los límites de la culpa
"Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa"… dice la oración católica del Yo confieso para dejarnos meridianamente claro -porque además se debe acompañar con golpes en el pecho- que somos seres pecadores e imperfectos y que así, con humildad, entereza y arrepentimiento debemos reconocerlo. Antes de eso, declara también, que esos muchos pecados se han realizado "de pensamiento, palabra, obra y omisión", cuatro manifestaciones que, si las evaluamos con atención, nos daremos cuenta de que no nos dejan opciones: si callamos o hablamos, si obramos o dejamos de obrar, estamos de todas formas condenados; no hay manera de evadirse de las ofensas que podemos hacerles a Dios o a nuestros semejantes.

La culpa de los dioses / F
La culpa, al parecer, desde los más antiguos tiempos ha estado presente entre los seres humanos. De acuerdo con los planteamientos de algunos investigadores, en el trasfondo de la invención de los dioses o de cualquier entidad superior se encuentran, entre otras cosas, las intenciones de evadir, o de minimizar al menos, las culpas; de reflejar nuestros errores en esas fuerzas supremas y ocultas que nos gobiernan. Si pensamos, por ejemplo, en las peripecias que llevan a cabo los héroes griegos inmortalizados por Homero en la Ilíada, notaremos que todas sus acciones son guiadas por los dioses, y estos, por supuesto, a través de su poderosa influencia, inclinan la balanza de los resultados hacia sus personajes favoritos. Los hombres, desde esa perspectiva, solo son agentes destinados a cumplir la voluntad, y hasta los caprichos, de las deidades del Olimpo. Todo cuanto ocurre, las masacres, las trampas, las traiciones, proviene de los designios de esos seres divinos, por lo tanto, los humanos de nada pueden tener culpa, su vida y su mundo están gobernados por los dioses.

Asumir la culpa... / F
Frente a estas dos posiciones, la equilibrada sensatez nos indica, sin embargo, que la existencia no se trata de un constante asedio de las culpas ni que estas se encuentran asociadas a las veleidades del destino o de las entidades superiores que escribieron de antemano nuestro itinerario aquí en la tierra. En un mundo tan dinámico y práctico como el de estos tiempos en que vivimos, sabemos que los errores, grandes o pequeños, son inevitables en nuestro incansable trajinar y que las culpas deben afrontarse con responsabilidad, intentando subsanar los daños ocasionados por nuestros fallos, con el propósito de aprender de ellos y continuar adelante.
Las culpas, entonces, no se pueden convertir en un motivo de agobio o en una excusa para detenernos en nuestro objetivo de ser mejores cada día; pero tampoco deben ser, como algunos pretenden, insignificancias que podemos obviar todo el tiempo, ya que todas, en menor o mayor grado, requieren que, de la más juiciosa manera, las asumamos; es decir, no podemos vivir dentro de un torbellino de culpabilidad porque resultaríamos psicológicamente afectados ni mucho menos ignorar por comodidad las culpas, ya que nos comportaríamos como seres inconscientes; lo ideal es, por supuesto, aceptarlas con equilibrada entereza.


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