La Silla junto al Umbral

in #katargesis21 days ago

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En la casa de mi abuela había una silla que nadie ocupaba.
Era de madera oscura, con el respaldo más alto de lo común, y un cojín de terciopelo azul desgastado en el asiento. No estaba en la mesa, ni en el rincón de la lectura. Estaba junto al umbral de la puerta principal, ligeramente corrida hacia un lado, como esperando ser movida para dejar pasar a alguien.
“Es la silla de Elías”, me dijo una vez mi tío, sin levantar la vista del libro de salmos.

Nunca le pregunté por qué. Lo supe en el silencio que seguía a esa frase. Un silencio que no era vacío, sino lleno de pies que no llegaban, de nudillos que no llamaban, de un nombre que no se pronunciaba.

En el barrio, cada casa tenía su versión.
En la del panadero, era un plato con sal siempre en el borde de la ventana, donde la lluvia a veces lo disolvía y había que renovarlo al día siguiente.
En la del librero, era una página en blanco pegada al final de cada rollo de la Torá que él reparaba, un espacio donde la tinta aún no había escrito su fuego.
En la nuestra, era la silla.

Mi hermana menor, una vez, antes de Seder, preguntó: “¿Y si viene y está ocupada?”.
Mi abuela dejó de cortar las hierbas amargas. La cocina se llenó de un vértigo quieto.
“Entonces”, dijo al fin, “sabremos que ya no tenemos que dejar la silla”.
La promesa no era una persona con corona y ejército.
Era la inversión del umbral.
Era que lo que estaba afuera (el frío, la pregunta, la diáspora) pudiera por fin sentarse adentro, y que lo que estaba adentro (el mantel, la bendición, la memoria) pudiera salir sin miedo a diluirse.
La silla junto a la puerta era el lugar exacto de esa inversión. Ni dentro ni fuera. Era el límite hecho asiento.
Por eso nadie la usaba. Porque usar ese lugar era pretender ocupar el punto de conversión del mundo, y eso solo le correspondía a la Promesa.

A veces, al atardecer, la luz del sol poniente entraba por la ventana del corredor y iluminaba solo el cojín azul de la silla. Por unos minutos, el terciopelo desgastado brillaba como el mar al mediodía.
Mi abuela entonces suspiraba, un suspiro que no era de cansancio, sino de reconocimiento.
Era como si la luz estuviera probando el asiento, midiendo su resistencia, asegurándose de que aún podía soportar el peso de lo por venir.
Luego la luz se iba, y la silla volvía a ser solo madera oscura y terciopelo desgastado.

Pero en ese momento, todos habíamos visto el destello.
El mesías, pensaba yo, no sería un guerrero ni un rey.
Sería el que por fin se sentara en esa silla.

Y al hacerlo, la puerta dejaría de ser puerta. Porque cuando el umbral está ocupado por la Presencia, ya no separa dos reinos. Los unifica.
La casa entera se volvería umbral. Y el mundo entero, casa.
No habría más “afuera” para el pueblo, ni más “adentro” para la Shejiná.
Solo el abrazo de la geografía redimida.

Una vez soñé que entraba en la casa y la silla no estaba vacía.
No había una figura en ella. En su lugar, había un rollo de Torah abierto, pero en lugar de letras, sus páginas mostraban mapas de todos los caminos de regreso a casa, incluidos los que aún no habíamos caminado.
Y el cojín azul se había transformado en un pedazo de cielo nocturno, con estrellas que eran ciudades, y ciudades que eran estrellas.
Al despertar, supe que la promesa no era la llegada de alguien.
Era la transformación del lugar de la espera en el lugar del encuentro.
La silla no esperaba a una persona.
Esperaba dejar de ser necesaria.
Ahora, años después, en mi propia casa, no tengo una silla junto al umbral.

Tengo una ventana que da al este.
Y cada mañana, cuando el sol asoma, ilumino un espacio en el alféizar con mis manos, barriendo el polvo invisible de la noche.
No es un ritual. Es la gramática de la promesa.
Porque la redención, en su esencia más simbólica, no es la explosión de milagros en el cielo.
Es el momento en que el lugar que hemos guardado vacío por siglos – esa silla, ese plato con sal, esa página en blanco, este alféizar limpio – reconoce por fin su propia plenitud, y nosotros reconocemos que siempre estuvo ahí, esperando a que nuestros ojos dejaran de verlo como ausencia para verlo como el símbolo ya realizado de la unidad por venir.

La promesa es el hueco que sostiene su propia forma.
La espera que contiene su propio fin.
La silla vacía que, en su vacío, ya es trono.