Cuando la proteína deja de ser fácil: comer durante la quimioterapia sin forzarse

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A lo largo de un tratamiento oncológico, la alimentación suele cambiar de forma radical. No solo por la falta de apetito, sino por alteraciones profundas del gusto y del olfato que transforman la experiencia de comer. Alimentos habituales pasan a resultar extraños, intensos o directamente desagradables, generando rechazo incluso antes de probarlos.

En este contexto, una de las preocupaciones más habituales gira en torno a la proteína. La carne puede oler metálica, el pescado provocar náuseas y los batidos proteicos resultar imposibles de tolerar. Esta situación genera ansiedad, porque existe la sensación de que sin proteína el cuerpo no podrá sostenerse durante el tratamiento.

Es fundamental entender que este rechazo no es un fallo personal ni una falta de compromiso con la salud. Se trata de un efecto secundario frecuente de la quimioterapia. Los cambios sensoriales influyen en el apetito y condicionan de manera directa la elección de alimentos, afectando especialmente a aquellos con sabores y olores más intensos.

La proteína cumple funciones esenciales: ayuda a conservar la masa muscular, participa en la reparación de tejidos y apoya al sistema inmunitario. En personas adultas con cáncer, las recomendaciones suelen situarse alrededor de 1 g de proteína por kilo de peso al día, aumentando en casos de pérdida de peso importante. Aun así, la prioridad no debería ser cumplir cifras exactas, sino encontrar una forma viable de incluir proteína si