Cuando el silencio habla más que las palabras
Hay personas que llegan a nuestra vida y se quedan. Otras pasan y dejan una enseñanza. Ambas son importantes. A veces cuesta soltar, pero cuando soltás, las manos quedan libres para recibir lo nuevo. Aferrarse a lo que ya fue es como querer agarrar agua con las manos.
A veces uno cree que la fe es tener certezas. Pero la fe verdadera es seguir caminando cuando no ves nada. Es poner un pie delante del otro sin saber dónde termina el camino. Y confiar en que alguien más grande que uno va marcando la ruta. Eso no es debilidad, es valentía.
Hay días en los que uno siente que todo pesa. Las responsabilidades, las deudas, las relaciones. Y en medio de eso, cuesta encontrar un momento de paz. Pero justo ahí, cuando parece que no se puede más, algo pequeño pasa. Un mensaje, una canción, el amanecer. Y te acordás de que no todo está perdido.
Hay heridas que no se ven. Las que no sangran. Las que llevamos adentro y no mostramos porque no hay curita que las tape. A veces las arrastramos años. Pero sanar no es olvidar, es aprender a llevar la cicatriz sin que duela. Y eso también lleva tiempo.
La vida da vueltas. Lo que hoy duele, mañana puede tener sentido. Lo que hoy parece un final, mañana puede ser un comienzo. Cuestión de tiempo, de fe, de seguir caminando aunque no se vea el destino. Lo importante es no quedarse quieto.
Me pasa que a veces quiero tener todo controlado y cuando algo se sale de lo previsto me desarmo. Pero la vida es así nomás, impredecible. Aceptar que no todo depende de uno es un alivio. Soltar el control no es rendirse, es dejar de pelearse con lo que no se puede cambiar.
Hay una presión terrible por mostrar una vida perfecta. En redes, en las conversaciones, en las fotos. Todos felices, todos exitosos. Pero la realidad es que todos cargamos algo. Una preocupación, un miedo, una historia que no contamos. Está bien no estar bien. Está bien decirlo.
Ojalá esta reflexión te sirva tanto como a mí al escribirla.
Contenido original para Steemit.

