La gratitud como puerta de entrada a la paz
El otro día venía en el colectivo y vi a una señora mayor sonriendo sola mirando su teléfono. Una foto de su nieto, seguro. Y pensé: la felicidad está en esos momentos chiquitos que nadie filma. Nos rompemos la cabeza buscando grandes alegrías y hay una señora en el bondi que ya la encontró.
Hay heridas que no se ven. Las que no sangran. Las que llevamos adentro y no mostramos porque no hay curita que las tape. A veces las arrastramos años. Pero sanar no es olvidar, es aprender a llevar la cicatriz sin que duela. Y eso también lleva tiempo.
Hay días en los que uno siente que todo pesa. Las responsabilidades, las deudas, las relaciones. Y en medio de eso, cuesta encontrar un momento de paz. Pero justo ahí, cuando parece que no se puede más, algo pequeño pasa. Un mensaje, una canción, el amanecer. Y te acordás de que no todo está perdido.
Leí en algún lado que el alma tiene hambre de silencio. Y es cierto. Pasamos el día rodeados de ruido: notificaciones, bocinas, conversaciones, televisión. El silencio incomoda porque en el silencio te encontrás con vos mismo. Y a veces ese encuentro es incómodo. Pero es necesario.
Anoche no podía dormir y me puse a pensar en todas las cosas que me faltan. La casa más grande, el auto nuevo, las vacaciones soñadas. Y de repente escuché a mi hijo reírse dormido. Y me di cuenta de que tengo lo único que realmente importa. El resto es ruido.
Me pasa que a veces quiero tener todo controlado y cuando algo se sale de lo previsto me desarmo. Pero la vida es así nomás, impredecible. Aceptar que no todo depende de uno es un alivio. Soltar el control no es rendirse, es dejar de pelearse con lo que no se puede cambiar.
Cuesta tener fe cuando no ves resultados. Pero la fe no es ver, es confiar. Es sembrar y esperar, sabiendo que la cosecha llega a su tiempo. El agricultor no escarba la tierra cada dos días para ver si la semilla creció. Confía en el proceso.
Gracias por leer hasta acá. Nos vemos en la próxima.
Contenido original para Steemit.

