La gratitud como puerta de entrada a la paz
Leí en algún lado que el alma tiene hambre de silencio. Y es cierto. Pasamos el día rodeados de ruido: notificaciones, bocinas, conversaciones, televisión. El silencio incomoda porque en el silencio te encontrás con vos mismo. Y a veces ese encuentro es incómodo. Pero es necesario.
Hay personas que llegan a nuestra vida y se quedan. Otras pasan y dejan una enseñanza. Ambas son importantes. A veces cuesta soltar, pero cuando soltás, las manos quedan libres para recibir lo nuevo. Aferrarse a lo que ya fue es como querer agarrar agua con las manos.
Hay heridas que no se ven. Las que no sangran. Las que llevamos adentro y no mostramos porque no hay curita que las tape. A veces las arrastramos años. Pero sanar no es olvidar, es aprender a llevar la cicatriz sin que duela. Y eso también lleva tiempo.
El otro día venía en el colectivo y vi a una señora mayor sonriendo sola mirando su teléfono. Una foto de su nieto, seguro. Y pensé: la felicidad está en esos momentos chiquitos que nadie filma. Nos rompemos la cabeza buscando grandes alegrías y hay una señora en el bondi que ya la encontró.
Cuesta tener fe cuando no ves resultados. Pero la fe no es ver, es confiar. Es sembrar y esperar, sabiendo que la cosecha llega a su tiempo. El agricultor no escarba la tierra cada dos días para ver si la semilla creció. Confía en el proceso.
A veces uno cree que la fe es tener certezas. Pero la fe verdadera es seguir caminando cuando no ves nada. Es poner un pie delante del otro sin saber dónde termina el camino. Y confiar en que alguien más grande que uno va marcando la ruta. Eso no es debilidad, es valentía.
La vida da vueltas. Lo que hoy duele, mañana puede tener sentido. Lo que hoy parece un final, mañana puede ser un comienzo. Cuestión de tiempo, de fe, de seguir caminando aunque no se vea el destino. Lo importante es no quedarse quieto.
A veces las palabras llegan cuando más se necesitan. Ojalá esta te haya llegado en el momento justo.
Contenido original para Steemit.

