Cuando el cajero de la cooperativa me devolvió la fe en la plaza del mercado

Foto: Santiago García Medina Mendoza / Pexels (CC0)
Ayer, 13 de septiembre de 2026, a las 7:45 am, llegué a la cooperativa Caja Solidaria en la esquina de la calle 12 con la intención de depositar los 150 guaraníes que había ahorrado para la colecta de la parroquia de San Roque. El cajero, un joven de nombre Rodrigo, me dio un cambio equivocado y, antes de que pudiera protestar, la fila se alargó y el reloj marcó los minutos que se escurrían como arena en la bandeja de la iglesia.
En mi experiencia, esa pequeña molestia despertó una reacción inesperada. Recordé la frase de Santiago 1:12: “Bienaventurado el hombre que soporta la tentación; porque, una vez que haya sido aprobado, recibirá la corona de vida que Dios ha prometido a los que le aman.” En ese instante, la paciencia dejó de ser una carga y se volvió una puerta abierta al encuentro con la gracia. En lugar de levantar la voz, observé al otro lado del mostrador cómo Rodrigo, con una sonrisa tímida, revisaba los números una vez más.
El gesto sencillo de corregir el error, sin que yo lo reclamara, me recordó a Salmo 23:4: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo.” El cajero, sin saberlo, se convirtió en un pastor momentáneo, guiando mi ánimo fuera del valle de la frustración. Su actitud mostró que el Señor obra en los detalles más pequeños; basta estar atentos para reconocer la mano que nos sostiene en medio del ruido del mercado de Asunción.
Esa mañana también crucé la mirada de Doña María, una vecina de la calle 10, que llevaba una bolsa de mandioca a la misma cooperativa. Al ver mi rostro serio, me ofreció un trozo de pan recién horneado y una oración rápida: “Que el Señor te dé paz en este día.” Su acción confirmó que la comunidad es el espejo donde vemos la fidelidad del Dios que nos llama a ser luz.
Pasos para aplicar ahora:
- Cuando sientas que la rutina te golpea, busca una “caja solidaria” en tu entorno: una persona que, sin que lo pida, te ofrezca corrección o ayuda.
- Anota en tu agenda una frase bíblica que resuma la lección del día; repítela antes de cada tarea.
- Comparte un gesto de amabilidad con alguien que no esperas: un saludo, un pan, una oración corta.
Al cerrar la puerta de la cooperativa, sentí que la fe no es sólo una llama que arde en la catedral, sino una chispa que se enciende en cada intercambio cotidiano. Gracias a Rodrigo y a Doña María, aprendí que el Señor se revela en los actos ordinarios, y que cada día podemos ser portadores de esa luz.
“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” – Mateo 5:16
En mi corazón, hoy celebro la pequeña gran victoria de haber transformado una molestia en una oportunidad de fe. Que cada uno de nosotros encuentre, en los cajeros y en los panes de la vida, la señal de que el Señor siempre está presente.