Cuando el motor de Don Carlos se detuvo y la fe volvió a arrancar

Foto: Raman Chaudhary / Pexels (CC0)
"Estad quietos, y conoced que yo soy Dios" – Salmo 46:10
Hoy, 16 de septiembre de 2026, me desperté con el sonido inusual de un motor que se apagaba en la calle San Lorenzo. Salí de la casa y vi a Don Carlos, el veterano agricultor de la zona 5, intentando arrancar su viejo tractor John Deere de 1978. El motor se revolvía una sola vez y se quedaba en silencio. Su rostro mostraba la frustración que solo la pérdida de una herramienta tan esencial puede producir.
Al acercarme, Don Carlos me confesó que el tractor había sido su apoyo desde la cosecha de 1994, cuando la familia empezó a cultivar maíz en la chacra de San Juan. Sin él, la cosecha de este año, que debía ser entregada el 22 de octubre, estaba en riesgo. Me pidió ayuda, y sin pensarlo, acepté. Mientras revisábamos el motor, descubrí una hoja de papel arrugada entre el filtro de aire. En ella, escrita con una pluma azul, estaba la frase: "Confía en el Señor, aunque el camino sea polvoroso". No era una cita de la Biblia, pero resonó como una oración que alguien había dejado allí, quizá sin saber que algún día la encontraría.
Ese hallazgo me recordó el salmo que citamos al inicio. La quietud que el versículo propone no es ausencia de movimiento, sino una pausa consciente para reconocer la presencia de Dios en medio del ruido. En medio del polvo y el calor del motor, la hoja me obligó a detenerme, a observar, a dejar que la fe se filtrara como el aceite que necesitaba el tractor.
Primera reflexión: la fe se revela en los lugares inesperados
Don Carlos me contó que la hoja había sido escrita por su nieta, Lucía, de 7 años, la semana pasada en la escuela dominical de la Parroquia San Miguel. Ella había dibujado un sol y había escrito esa frase mientras rezaba por el éxito de la cosecha de su abuelo. La hoja, sin embargo, se había perdido en el proceso de limpiar el tractor y quedó atrapada. Este pequeño acto de una niña se convirtió en una señal tangible de que la oración de los pequeños también sostiene los grandes trabajos.
En mi experiencia pastoral, he visto cómo los objetos cotidianos pueden convertirse en instrumentos de la gracia. Hace dos años, en la plaza del mercado de Asunción, una anciana dejó caer su rosario mientras vendía mangos; el rosario fue recogido por un joven vendedor que, sin saberlo, lo llevó a su casa y lo colocó sobre el altar familiar. Esa simple coincidencia fortaleció la fe de ambos sin que ninguno lo planeara. Así, la hoja de Lucía y el motor de Don Carlos muestran que Dios habla a través de los detalles que la rutina suele pasar por alto.
Segunda reflexión: la paciencia es motor de la confianza
Cuando intentamos arreglar el tractor, descubrimos que la bomba de combustible estaba obstruida. El proceso tomó más de dos horas, y el sudor se colaba por mi frente. En medio del trabajo, recordé la historia de Abraham, quien esperó años antes de ver cumplida la promesa (Génesis 15). La paciencia no es inactividad; es una acción que se mantiene firme mientras se espera la respuesta divina.
Don Carlos, con la mirada firme, me dijo: "Mi abuelo siempre decía que la tierra no se rinde, y que el Señor nos da la fuerza para seguir sembrando". Esa frase, heredada de generaciones, se volvió una oración práctica que acompañó cada tornillo que apretamos. Cada vez que el motor volvía a fallar, repetíamos en silencio: "Señor, haz que mi trabajo sea fructífero". La paciencia se manifestó no solo como espera, sino como esfuerzo sostenido bajo la confianza de que Dios está presente en cada movimiento.
Tercera reflexión: la comunidad fortalece la fe individual
Al terminar la reparación, la noticia del motor funcionando se difundió rápidamente entre los vecinos. María, la dueña del café de la esquina, trajo una taza de mate con azúcar de caña como agradecimiento. En la misma tarde, varios vecinos se reunieron en la casa de Don Carlos para compartir una comida sencilla. Cada persona llevó algo: una empanada de carne, una bolsa de maíz tierno, una botella de vino tinto de la bodega familiar. Ese acto colectivo recordó la primera Cena del Señor, donde la unión de los creyentes se vuelve un signo visible del cuerpo de Cristo.
En mi experiencia pastoral, los momentos de ayuda mutua son oportunidades para que la fe se viva en comunidad. Cuando la parroquia organizó el retiro espiritual del gabinete de ministros, como reportó la prensa local el 3 de agosto, el objetivo era crear espacios de unidad y preparación. De forma similar, la pequeña reunión en la casa de Don Carlos mostró que la fe no es solo un asunto personal, sino una red que sostiene a cada miembro cuando el motor de la vida se detiene.
Pasos para aplicar esta enseñanza hoy
- Busca la hoja – Esta semana, al limpiar tu espacio de trabajo o tu coche, revisa los lugares donde normalmente no miras. Podrías encontrar una nota, una oración o un recuerdo que te hable.
- Detente y reflexiona – Cuando descubras algo, toma al menos cinco minutos en silencio. Recita Salmo 46:10 y permite que la quietud te recuerde la presencia de Dios.
- Comparte el hallazgo – Lleva lo que encontraste a una persona cercana: un vecino, un hermano de la comunidad o un familiar. Usa ese momento para orar juntos y reforzar la unidad.
- Practica la paciencia activa – Identifica una tarea que haya quedado estancada (una reparación, un proyecto, una relación). Comprométete a trabajar en ella con constancia, diciendo una breve oración antes de cada paso.
- Organiza una pequeña reunión – Invita a dos o tres personas a compartir una comida sencilla y una oración de agradecimiento por los pequeños milagros cotidianos.
Si recién empiezas, yo sugeriría comenzar con el paso uno. No necesitas una gran producción; basta con observar lo que ya está bajo tu mirada cotidiana.
Al cerrar este día, mientras el motor de Don Carlos ronronea bajo el sol de la tarde, siento que la fe, como ese tractor, necesita tanto de la gracia divina como del esfuerzo humano. No hay nada más real que ver cómo una hoja escrita por una niña puede encender la esperanza de un agricultor y, a la vez, recordarnos que la quietud del Señor está presente en cada giro del volante.
Con gratitud, sigo aprendiendo que la fe se descubre en los pequeños momentos que la vida nos regala.