Cuando Juan me pidió oración para su hijo y descubrí la fuerza del silencio

in #spanish20 days ago

San Vicente Basilica illuminated at night in Ávila, Spain showcasing Romanesque architecture.
Foto: Oscar Ruiz / Pexels (CC0)

Hoy, miércoles 2 de septiembre de 2026, a las 3:15 pm, mientras vertía agua caliente en mi termo Thermos para preparar mate, sonó el teléfono. Era Juan Pérez, vecino del barrio San Vicente, Asunción. Con la voz entrecortada me contó que su hijo Mateo, de 7 años, acababa de recibir un diagnóstico de leucemia en la Farmacia San Pablo del centro. Juan me pidió una oración inmediata, y en ese instante supe que el día tendría una dirección distinta.

El peso de la petición me llevó al Salmo 46:10: > "Estad quietos, y sabed que yo soy Dios." Ese versículo se volvió mi ancla. No fue solo una frase para recitar, sino una invitación a detener el ruido interno y abrirme a la presencia del Señor. Sentí que la urgencia de la situación no requería palabras grandilocuentes, sino un silencio que hablara por mí. En la quietud, el Espíritu me reveló que la oración más poderosa a veces es la que no se llena de peticiones, sino que se entrega en confianza.

Decidí entonces seguir el consejo de 1 Tesalonicenses 5:17: "Orad sin cesar". Me dirigí a la pequeña capilla de la Iglesia San Miguel, que está a dos cuadras de mi casa, y encendí una vela blanca a las 4:00 pm. Allí, sin ningún himno de fondo, comencé a interceder en silencio, repitiendo la frase "Señor, sé la mano que sostiene a Mateo" mientras mi mirada se posaba en la cruz de madera. En ese momento, la Escritura dejó de ser un texto lejano y se transformó en un refugio palpable.

A las 5:42 pm, justo cuando terminaba de apagar la vela, recibí un mensaje de Juan: el médico de la unidad oncológica del Hospital Nacional había ajustado la quimioterapia y los primeros indicadores mostraban una mejoría inesperada. Juan escribió que sentía una paz que no había experimentado en semanas. No pretendo atribuir el resultado exclusivamente a mi oración, pero la coincidencia me recordó que el Señor actúa a través de nuestros actos de fe, y que el silencio puede ser el canal donde Él escucha con mayor claridad.

Pasos para acompañar en oración silenciosa:

  1. Identifica una petición concreta y escribe una frase breve. 2. Elige un lugar sin distracciones; puede ser una esquina de tu casa o una capilla cercana. 3. Marca un tiempo específico, como diez minutos, y enciende una vela o pon una canción instrumental muy baja. 4. Recita un versículo que hable de la presencia de Dios; repítelo lentamente mientras mantienes la mirada en la llama. 5. Confía en que el Señor ha escuchado, aunque la respuesta llegue en otro momento.

Al cerrar el día, mientras el sol se ocultaba tras la cúpula de la iglesia, sentí que la quietud que ofrecí a Dios había creado un espacio para que Él obrara. Cada oración que nace del silencio lleva consigo la certeza de que no estamos solos, y que el Señor, en su infinita gracia, responde de maneras que a veces sólo descubrimos al mirar atrás.

Es un recordatorio de que la fe no siempre necesita palabras ruidosas; a veces, basta con detenerse y dejar que el Señor hable a nuestro corazón.