Mateo 24 y el café frío en mi mesa de San Lorenzo
Hoy, sábado 5 de septiembre, me levanté bastante antes del amanecer en mi casa de San Lorenzo. El aire estaba inusualmente fresco para esta época en Paraguay, y mientras preparaba las cosas en la cocina, me quedé releyendo un pasaje bíblico que me venía dando vueltas en la cabeza: «Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor» (Mateo 24:42). La relectura no fue una coincidencia caprichosa; de inmediato me vino a la memoria la llamada que recibí anoche a las 23:15 por parte de Carlos, un hermano del grupo de oración cuya madre, Doña Ramona, de 81 años, ingresó de urgencia en el Hospital de Calle'í por una descompensación severa.
En mi experiencia, queridos hermanos, la promesa de la Parusía —el regreso glorioso de Cristo— no fue entregada a la Iglesia para alimentar especulaciones ni para sembrar pánico en los templos. La Escritura nos habla de la venida del Señor como una llamada pedagógica a la sobriedad y al discernimiento cotidiano. Estuve leyendo esta semana algunos análisis teológicos sobre cómo los tiempos de incertidumbre global despiertan cierta obsesión por adivinar fechas, cuando en realidad el texto sagrado nos pide una actitud completamente distinta: la fidelidad en lo ordinario.
Mientras caminaba junto a Carlos por el pasillo del hospital, él me confesaba con los ojos llenos de lágrimas que sentía que los años se le habían escurrido entre los dedos sin haberle dicho a su madre todo lo que la valoraba. Ese es el verdadero riesgo del adormecimiento espiritual. Nos dejamos envolver por el tráfico sobre la avenida Mariscal López, la prisa de las cuentas por pagar y la rutina pesada, asumiendo que el mañana está garantizado. Olvidamos que el tiempo no nos pertenece y que mantener la lámpara encendida requiere intención diaria.

Foto: Abdiel Hernandez / Pexels (CC0)
El apóstol Pablo lo explicaba con claridad a los tesalonicenses cuando les recordaba que no somos hijos de la noche ni de la oscuridad. La vigilancia cristiana no consiste en vivir angustiados por el fin del mundo, sino en mantener el corazón despierto, limpio de rencores y comprometido con la caridad activa.
Si quieren llevar esto a la práctica en este fin de semana, les propongo una tarea concreta. Tomen su Biblia hoy mismo, busquen Mateo 24 y lean el capítulo entero en silencio, lejos de las notificaciones del celular. Después, anoten en un papel dos o tres cosas específicas que ordenarían en su vida si supieran que el Señor vuelve esta noche. Si hay un perdón pendiente con un familiar, háganlo hoy; si hay una restitución o un gesto de bondad postergado, no esperen al próximo mes.
Velar no es guardar luto ni vivir con temor al juicio. Velar es amar tanto la presencia del Señor en el presente que su manifestación final solo pueda traer reposo a nuestra alma.