Donde el amor reside
Hace algún tiempo, trabajé en una residencia de ancianos. Creedme, no era un lugar para cuidar a personas que lo necesitan, sino para mantenerlos con vida el mayor tiempo posible, que no es lo mismo. Pero esa dinámica acelera su muerte, qué paradoja. En aquella época empecé a escribir, seguramente para expulsar todos los demonios que vivían en aquel caserón y que me seguían al acabar mi jornada laboral. Si recuerdo algo bonito de todo aquello, seguramente fue contemplar cómo el amor se abre paso hasta en los infiernos. Lo que sigue es una historia real.
El vocabulario y sus innumerables combinaciones, tan adecuadas para redactar un contrato de compra-venta o para dejar constancia de las cláusulas de un divorcio, no bastan para expresar el universo de emociones que hace palpitar sus corazones con más fuerza, desde que se vieron en el espejo negro de sus pupilas.
No pueden entenderse con palabras que los demás usamos todos los días, pero las miradas que bailan entre los dos, transmiten sentimientos que van más allá de frases hechas, mil veces repetidas, malinterpretadas y, con el tiempo, seguramente en el olvido.
A decir verdad, el lugar donde se encontraron no fue concebido para tan mágica circunstancia; casi aseguraría que un entorno semejante sólo puede existir porque algún genio maligno, como castigo a la humanidad, arroja sal sobre los jardines para que las flores no puedan brotar en primavera, y se ocupa de ocultar el sol, enfriando las venas de la sangre, a la vez que destruye nidos de golondrinas con las que poder soñar, como el poeta cantó a su amada. Su amada...
Eso es lo que él dice, con su inefable lenguaje: “ella es mi amada...” Ella, con su lengua de trapo, confiesa: “me ha dicho que me quiere...” Y sus rostros se iluminan como una constelación de aquellas estrellas que, según afirman los astrónomos, han muerto hace mucho tiempo, pero cuya luz seguiremos viendo a lo largo de nuestra corta vida.
De él se cuenta que padece una enfermedad de nombre extranjero, igual que el barco del marinero rubio como la cerveza. Utiliza un lenguaje creado por sí mismo, tan confuso como exacto en sus alegorías distorsionadas; sin embargo, la inteligencia, que no es más que bondad en estado puro, está presente en todos sus actos. Los relatos con los que me asombra, a veces en apariencia indescifrables, se convierten en la llave que da paso a un infinito majestuoso y potente, confundiendo a una ciencia que únicamente sabe de pesos y medidas. La fuerza de sus metáforas atrae de tal forma, que hasta el cosmos se nutre de ellas. Es un hombre bueno, en el mejor sentido de la palabra, porque ha traspasado fronteras, y ahora conoce.
De ella se dice que los nervios no le permiten moverse como quisiera ni hablar con claridad. Nació con el estigma de lo “no apto”, y la norma consiguió su objetivo, venció la sinrazón, doblegando su capacidad para actuar y su voluntad de cambio; así es que casi termina su viaje aceptando que la naturaleza tuvo con ella una fatal distracción. Ahora está segura de su belleza.
No viven en la casa que los vio crecer ni ven los rostros que la costumbre de toda una vida hace familiares. Su desarraigo es impuesto, nadie duda de que es lo mejor que se puede hacer con ellos: son viejos, inadaptables, irreductibles, refractarios... Por eso habitan un lugar en el que el dolor, la enfermedad y la muerte se mueven a sus anchas, construyendo el reino de la anti-utopía. Y lo que son las cosas... contra todo pronóstico, juntos han conseguido vencer a Thanatos con el poder de Eros, tocar la felicidad con nada más que su deseo de encontrarla. A su lado no hay más remedio que rendirse a la evidencia de que lo hermoso prefiere lo que parece insignificante, que las personas serias son, como definió el filósofo, unos farsantes. Porque la rueda de la vida no gira en una sola dirección, da vueltas allá donde decide el viento de nuestros instintos.
En otras culturas, se les hubiera respetado, como debe hacerse con las personas trascendentes, capaces de abrir las cancelas que impiden el paso a la percepción de una realidad que, aunque queramos olvidar, no deja de latir en lo más hondo del ADN.
Quizás algún día dejemos de temer lo que no entendemos y podamos apreciar “el mundo en un grano de arena, el cielo en una flor silvestre, el universo en la palma de la mano y la eternidad en una hora”.
Que así sea, y que todos lo veamos.