Aprendemos a caminar en los primeros años de nuestras vidas. A algunos niños les cuesta más que a otros. Creo que dar los primeros pasos es una mezcla de: buena genética, de motivaciones del entorno, de seguridad de parte del bebé y de confianza de los padres para "soltar" a los niños, a pesar de los miedos por las caídas. Sin embargo, cuando se posterga el "soltar" se crea una dependencia y sobreprotección en el ser humano, que termina luego afectándoles el resto de su vida.
Cuando los niños aprenden a caminar no paran de hacerlo. Por eso, corren, y saltan a cada rato. Odian que les tomen de la mano. Desean sentirse libres.

En la etapa de la adolescencia, sentimos la necesidad de "caminar agarrados de la mano de nuestros novios" o caminar al lado de ellos para gritarle al mundo: "No estoy sola, tengo quien me quiera, y a quien querer". Esta es una etapa maravillosa, pues caminar al lado del ser querido es sinónimo de compañía y de protección.

Cuando llegamos a la adultez, sentimos el deseo de caminar para ejercitarnos y no convertirnos en un "peso" para nadie. De esta manera, buscamos la manera de conectarnos con la naturaleza: respirar aire puro, dejar volar los pensamientos acompañados con el ruido de las olas del mar, sentir los primeros rayos de sol para cargar nuestro cuerpo de vitamina D...:

Y cuando envejecemos, y ya las piernas no nos responde como queremos, agarramos nuestro bastón, rezamos un Padre Nuestro, y salimos a la calle, porque perderse una misa de aguinaldo estando cerca del lugar donde se va a realizar es "morir en vida". A veces los hijos pelean, y nos advierten de caídas. Pero, la verdad es que el encierro es una tortura.

A través de las distintas etapas de la vida, caminamos de manera diferente. Esto me hizo recordar El Acertijo del Oráculo de Delfos:
El acertijo: "¿Qué ser tiene una sola voz y camina primero de cuatro patas por la mañana, luego sobre dos al mediodía y con tres patas al atardecer?".
La respuesta (El Hombre): De niño gatea (cuatro patas), de adulto camina erguido (dos patas) y en la vejez usa un bastón (tres patas).
En algunas de estas fotos se comprueba la frase.
Todas las fotos son de mi propiedad. En la primera está mi ahijada Andrea; en la segunda mi sobrina Yolanda con su novio; en la tercera mi hermana Agustina y en la cuarta la Señora Briceida, amiga de mi mamá, y vecina del Barrio donde nací.
Me gustaría invitar a @evagavilan, @genomil y @blessedlife a este concurso fotográfico al que invita @adeljose.
Upvoted! Thank you for supporting witness @jswit.
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Gracias por tu apoyo, @damithudaya. Me siento honrada de recibirlo.
Tu secuencia de fotos complementa perfectamente el texto, pareciera que cuentas la historia de cada una de esas personas que retrataste.
Con todo y que hay riesgos para ellos en la calle, me encantan los viejitos que "se escapan" a hacer lo que quieren porque de verdad que encerrarlos en casa (sometidos por los hijos) es fatal.
Gracias por la invitación.
Sí, amiga. La vida nos devuelve a la infancia cuando alcanzamos la vejez. Y ese temor de los padres para que los pequeños no se caigan cuando están aprendiendo a caminar, luego lo viven los padres, pero en sentido inverso, cuando los hijos prefieren amarrarlos a una silla antes de que corran el peligro de caerse y no verlos levantarse de una cama nunca más.
Gracias por tu cálido comentario.
Saludos amiga @solperez
Buenas fotografías. Gracias por unirse al concurso.
Participante #6
Gracias a ti por la constancia.