SEC-S30W1: Anécdotas que enseñan: Eso no se dice
Estábamos en junio del año 2014, en Brasil se celebraba el Mundial de Fútbol y yo intentaba disfrutar, mientras que mi tiempo lo permitiera, de todos los partidos donde estuvieran los equipos latinoamericanos. Un sábado en la mañana, que jugaba el conjunto anfitrión contra la poderosa oncena de Holanda, me dispuse a ver esa contienda en el televisor que está en mi cuarto. A las once se iniciaron las acciones, después de una hora de concienzudos análisis de los comentaristas expertos, y yo por supuesto comencé desde el primer momento a ligar que Brasil derrotara, sin problemas, a los holandeses.
No habían transcurrido ni veinte minutos de juego cuando mi nieta Lucía, quien para ese tiempo contaba solo con cinco añitos, entró a la habitación y se acostó a mi lado a mirar también la televisión. Como cosa extraña, no preguntó nada, ni llevaba consigo tampoco ningún juguete para mostrármelo y sacarme conversación, se limitó a observar y a tratar de comprender lo que pasaba en la pantalla. Con el propósito, quizás, de prodigarme una buena compañía, celebraba conmigo las buenas jugadas con mucho ánimo y se lamentaba de las malas en el mismo tono enfático y despectivo que yo utilizaba. Hubo un momento entonces en que un jugador brasileño cayó al suelo cerca del arco y yo dije: "Coño, se cayó ese pendejo"; y Lucía repitió, riéndose con ganas, la misma frase.
Yo sabía, obviamente, que no debía decir esas expresiones malsonantes delante de mi nieta, pero me causó gracia que ella me remedara muy divertida y continué concentrado en el balompié. Unos minutos más tarde, volvió a rodar por tierra un defensor carioca y, antes de que yo abriera la boca, fue ella la que gritó: "Coño, abuelo, se cayó ese pendejo", lo cual me sorprendió, pero lo que hice fue reírme, al igual que antes. En esos momentos, pensé que no se me podía olvidar que, una vez que terminara el juego, debía señalarle con determinación que no fuese a decir esas palabras junto a su mamá o su abuela, porque la regañarían y sabrían de inmediato que las había aprendido de mí, por lo tanto, ambos estaríamos metidos en problema.
Pero seguimos viendo el partido nosotros dos, sin que nadie llegara a fastidiarnos, y en un par de ocasiones más vociferamos la frasecita, incluso, con variaciones de términos más obscenos. Fue ya en el segundo tiempo, cuando entraron de repente al cuarto la madre y la abuela, a buscar algo en el clóset. Debido a que no lo encontraban, además estaban enfrascadas en unos minuciosos planes de decoración, se quedaron hablando allí por largo rato. Yo estaba pendiente de que Lucía no fuese a pronunciar esas palabras que solo debíamos compartir ella y yo, porque, con toda seguridad, escandalizaría a las dos mujeres, pero la niña continuaba imperturbable observando la televisión.
Sin embargo, con la emoción del juego que ya se estaba acercando a su final, sin darme cuenta dije esta vez: "Coño, se cayó ese carajo". Enseguida supe que había cometido un error y volteé para evitar que mi nieta repitiera lo que acababa de oír. Pero mi sorpresa fue inmensa, cuando ella mirando hacia donde estaban su abuela y su mamá, me respondió con severidad: "Abuelo, eso no se dice, qué barbaridad". Mi esposa levantó la cabeza y me señaló con tono de reproche: "Mira cómo te da lecciones de decencia mi muchachita", mientras que nuestra hija asentía murmurando: "Menos mal que tienes quien te corrija, papá".
Me limité a sonreír, con cara de culpable, mientras pensaba que, muchas veces, subestimamos a los niños, e imaginamos que no comprenden a cabalidad las situaciones o las acciones que enfrentan. No obstante, mi nieta de cinco años me demostró que su capacidad para salir airosa ante cualquier contingencia es mucho más rápida y efectiva de lo que, hasta ese momento, yo creía.
Entendí, por otra parte, que si los pequeños son educados con excelentes principios, si tienen siempre a su lado quienes les inculquen buenos modales y costumbres, entenderán sin ninguna duda que los malos ejemplos no son los parámetros que deben prevalecer en su comportamiento. Lucía simplemente remedaba mis palabras para divertirse, pero en su fuero interno, entendía que las enseñanzas de la madre y la abuela son las que, en última instancia, debía tomar en cuenta.
Nota: Todas las imágenes fueron tomadas del álbum familiar, utilizando la cámara del teléfono móvil, modelo: Samsung SM-A135M.





Hola, @cruzamilcar63
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Como me he reido con esa historia! Definitivamente no hay que subestimar a los niños, suelen ser mas conscientes que los propios adultos.
Una excelente historia, con mucha frescura! Gracias por ese aire familiar y gracioso que nos acaba de dar con su participación.
Gracias por sus amables palabras para esta publicación y por la evaluación. Saludos.
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@blessedlife 🌷

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